viernes, 11 de diciembre de 2015

11. PSICOTERAPEUTAS CON DEFECTOS DE CARÁCTER



“La gente nunca debería pensar tanto en lo que tiene que hacer; tendría que meditar más bien sobre lo que es…Uno tiene que cifrar su empeño en ser bueno y no insistir tanto en lo que uno hace o en la índole de sus obras, sino en cómo es el fundamento de sus obras.”
MEISTER ECKHART


11. 1 Psicoterapeutas egoístas

El egoísmo evidencia una profunda falta de madurez en el psicoterapeuta, que le hace pensar en la propia satisfacción de sus necesidades-intereses personales, y no en las necesidades de los consultantes. Se produce un desfase o contradicción entre lo que la profesión pueda reportar como lucro o prestigio, y el beneficio real que puedan recibir las personas que acuden en busca de la ayuda psicoterapéutica; este tipo de profesionales pueden evidenciar rasgos egocéntricos, narcisos, inmaduros, y esperan que el gremio, los pacientes, la sociedad y comunidad científica en general reconozcan y satisfagan sus necesidades personales. El profesional de la salud mental bajo el egoísmo logra una efectividad y eficacia muy mínima desde su profesión, o pueda que obtenga “castillos en el aire” que de un momento a otro se puedan derrumbar por falta de cimientos más altruistas; por estar centrado en sí mismo; en su autoconcepto-imagen personal e instrumentalización de la carrera.



11. 2 Psicoterapeutas envidiosos

Como el gremio suele ser competitivo y existen muchas expectativas también sobre cómo otros intervienen o “resuelven” las dificultades de los consultantes, la envidia puede asomar en cualquier momento de la vida. La envidia en los psicoterapeutas puede significar varios aspectos: falta de capacidad propia que se percibe en otros colegas; falta de compromiso y entrega que no caracteriza a toda la comunidad terapéutica; estar pendiente de cuanto hacen los demás profesionales; un tendencia arraigada familiar desde temprana edad (¿Cierto determinismo familiar?...); el marketing contemporáneo que no es ajeno a ningún oficio, y que hace ver a algunos profesionales como “exitosos” y a otros como “fracasados”. Cualquiera, pues, que sean los orígenes de los “motivos envidiosos”, causan mucho daño al gremio, y en grado último han llevado o causado la muerte de un psicoterapeuta a manos de otro colega o compañero. Los psicoterapeutas envidiosos pierden mucho tiempo y energía al estar atentos negativamente de los demás; su quehacer, sus estrategias, sus modos de actuar, su afectividad, y quitan valioso tiempo que podría desarrollarse en el fortalecimiento de estrategias y técnicas que pudieran beneficiar a sus pacientes o proyectar la ciencia-disciplina en sí.


“Ningún ser humano puede ser totalmente competente y destacar en todos los aspectos o en la mayor parte de ellos; la mayoría de la gente no destaca de hecho ni en un solo aspecto importante. Intentar tener éxito está bien, ya que si se triunfa en un trabajo, un juego o un proyecto artístico, reporta ventajas reales (tales como la compensación económica o la satisfacción de haber participado). Pero el exigir que se debe tener éxito es hacerse a uno mismo víctima de la ansiedad y de los sentimientos de inutilidad personal.”
ALBERT ELLIS


11. 3 Psicoterapeutas que se comparan y compiten

Asimismo, las comparaciones de tipo social, profesional, familiar, económico, cultural, espiritual, hacen daño cada día en la vida de millones de personas, y en los profesionales de la salud mental no se hacen esperar como tal. Se envidia al otro, se hacen comparaciones con las tendencias y estrategias de otros colegas, y en casos más próximos de tipo institucional, se cae en una competición intensa por el saber, la autoridad, el poder, la sabiduría, lo teórico, la terapéutica, lo laboral, etc. La historia de la psicología y de la psiquiatría no ha sido la excepción a la regla; por ejemplo, los grandes sistemas psicológicos siempre han estado unos en contra de otros, sin disimulo, sin respeto, porque cada gurú o teórico famoso considera la realidad (“su realidad”) de manera diametralmente opuesta. No nos es fácil entender diversas formas de comprender la naturaleza humana y la ineficacia de poder dar solución efectiva a los sufrimientos humanos (mentales, psicológicos…). Se olvida que el saber es un construcción humana, muy imperfecto, defectible, y que todos somos llamados a aportar un grano de arena, algunas veces positivo, en otros casos descartable, ya que no todo “sirve” o “funciona” aunque así lo creamos… intolerantemente.


11. 4 Psicoterapeutas iracundos

El “buen humor”, “el buen estado anímico”, “una buena actitud”, también son deseables afectos que los psicoterapeutas debieran manejar-reflejar; los primeros que esperan una buena actitud de sus interventores son los pacientes, que acostumbran a poner  su esperanza en la habilidad y profesionalismo del psicólogo o del psiquiatra. Lamentablemente esto no es la generalidad. A veces los profesionales de la salud mental reflejan en sus rostros enojos, conflictos, amarguras, incertidumbres, arrogancias, todo lo contrario a lo que sus pacientes esperan encontrar: un bálsamo para su alma y existencia herida, frustrada e incomprensible. La ira en el profesional puede surgir de sus propias frustraciones, su falta de control personal efectivo sobre las cosas y los eventos de la realidad; falta de organización, disciplina y armonía. La ira siempre suele evidenciar “algo mal en uno”; inconformismo, susceptibilidad, imposibilidad, intolerancia, crítica, intransigencia, altivez, rebeldía, perfeccionismo, descontento, decepción…
 

11. 5 Psicoterapeutas inseguros

Pero también, los sentimientos de inseguridad pueden afectar el desempeño psicoterapéutico. Aquí los profesionales se “bloquean”, no saben qué hacer con un paciente, cómo enfrentar tal situación. Viven un mar de inseguridad cuando deben responder ante otros, cuando deben preparar informes o capacitaciones de cierto tipo; cuando deben manejar público, cuando deben llegar a acuerdos con otros colegas o asociaciones. Cualquiera que sea la fuente de la ansiedad (así sea una deficiente formación profesional), esto afecta mucho el desempeño porque se tendrá en acción a psicoterapeutas angustiados, que no creen en lo que ellos mismos hacen; desconfían, vacilan, temen, lo que deben asumir como profesionales. Aquí también la cuota de pérdida es alta porque se esperan profesionales que sepan lo que hacen, que tengan claros sus objetivos profesionales y conozcan las diversas fatalidades humanas y modos, aunque humanos, de poder intervenir-abordar a sus consultantes. La “seguridad personal”, la “autoconfianza”, es un logro de la estima personal que se va adquiriendo en la medida que se identifican, controlan y erradican los propios temores ligados a eventos pasados, interacciones molestas o una debilidad de carácter no enfrentada con valentía.


Un caso particular


YO HE IDO AL PSIQUIATRA, ¿USTED?[1]
Por: Pedro Rovetto - abril 04, 2014
“Hace unos veinte años acudí al psiquiatra por primera vez.  No he repetido la visita muchas veces pero me gusta relatarlo por solidaridad con los enfermos mentales. Nos miran distinto cuando hacemos conocer este detallito de nuestras vidas.  Ahora, para la sociedad en general yo no estoy “loco” ni lo he estado (eso creo). Cuando informé a mis amigos del diagnóstico, muy acertado, que me habían hecho me dijeron que quizás debí ahorrarme esa plática pues ellos solo conociéndome diagnosticarían lo mismo. Les creo. Pero ellos no me habrían ayudado mucho. No tenían los medios terapéuticos ni el know how para hacerlo.  Simplemente me clavarían un rótulo: Pedro “el esquizofrénico” o “el deprimido” o “el paranoide” o “el ciclotímico”. El psiquiatra me ayudó mucho más y esa es la gran diferencia.
“Recientes estudios epidemiológicos afirman que la mitad o más de la población cumple los criterios diagnósticos de alguna enfermedad mental en el algún punto de su vida” sostiene el psiquiatra Joseph Pierre de la Universidad de California (Aeon Magazine, 19 de marzo, 2014)  Entonces la mitad de nosotros en algún momento necesitaríamos ayuda psiquiátrica porque no somos ni mucho menos expertos en trastornos sicológicos, mentales o psiquiátricos (llámelos como quiera) y su tratamiento. En la consulta llore, hable de sus obsesiones, describa sus delirios secretos y quizás confiese que a veces oye voces en el aire, aunque esto último es mucho más grave. Pero nos da vergüenza, ¿no?
El Dr. Pierre narra que hay dos conductas comunes en una fiesta cuando lo presentan como psiquiatra. Unas personas se alejan y no le vuelven a hablar por miedo de ser analizados y “patologizados”. Otros por el contrario le cuentan todos sus problemas, los de su esposa, los de sus  hijos, sus vecinos, etc. Estas distintas reacciones se explican por la necesidad de compartir nuestros miedos profundos y a la vez una sospecha generalizada de una supuesta conspiración de profesionales de la salud y grandes laboratorios farmacéuticos para medicar a casi todo el mundo.  Hay como una inútil paranoia generalizada ante la salud mental y los expertos en ella.
Es cierto, afirma el autor, que el campo de las terapias sicológicas ha aumentado dramáticamente en los últimos años. Cada día hay más profesionales trabajando en ese campo con distintos enfoques pero nadie está acorralando rebaños de zombis. La llamada “biblia de la psiquiatría”, el DMS-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico, 5ª edición) publicado el año pasado incluye más diagnósticos que nunca pero eso se debe a la enorme demanda de ayuda psicológica y psiquiátrica para multitud de situaciones humanas.
Un profesional de la salud mental puede intervenir, por ejemplo, en el manejo apropiado de las sanas preocupaciones de algunas personas, worried well las denomina el doctor Pierre. La psicología actual acepta la existencia de estrés bueno o “eustrés sin distrés” (Selye, Stress without distress, 1974) ante muchas retos de la vida biológica y social humana.  Pero hay individuos que manejan inapropiadamente esas justas preocupaciones e incertidumbres y podrían beneficiarse con algunas terapias, probablemente ambulatorias, sin hospitalización, no farmacológicas. Yo me atrevería a sugerir cambios en la legislación sanitaria permitiendo la prescripción de ciertas drogas psiquiátricas en algunos casos por psicólogos clínicos con entrenamiento serio y formal. El autor del artículo citado se opone a esta propuesta pero debíamos discutirla en la actual reforma al sistema de salud ante el número creciente de pacientes.
El breve ensayo publicado en Aeon subraya dos aspectos importantes en esta demanda de servicios de salud mental. Primero, las condiciones psicológicas y psiquiátricas se disponen en un espectro continuo de variaciones desde lo normal a lo francamente patológico. El diagnóstico no es un simple sí o no, blanco o negro, sano o loco. Por ejemplo, las personas con trastornos afectivos maníaco-depresivos (los “bipolares”, hasta un 3% de la población humana en diferentes culturas y sociedades según Wikipedia) se colocan en un rango que va desde una alegre y casi normal hipomanía, diversas y menos divertidas manías, depresiones leves o graves continuas o cíclicas hasta francos estados de psicosis. Según un amigo psiquiatra en cada congreso se presenta una nueva variedad de trastorno bipolar. En esta compleja situación la exactitud del diagnóstico es quizás menos importante que la disposición y habilidad del profesional para ayudar al paciente.
Este es el segundo punto importante del artículo de Pierre.  Un buen terapeuta no usa el DSM como catálogo de enfermedades, encerrando las personas en una etiqueta diagnóstica. Sino con su empatía y experiencia para entender la historia personal del paciente ofrece un abanico de intervenciones terapéuticas para aliviar el sufrimiento de quien solicita su ayuda. Sufrimiento que puede ser la presentación clínica de una enfermedad mental o parte de la vida humana corriente y usual. Entonces, cero vergüenzas si vamos al psiquiatra.”



[1] Fuente: http://www.las2orillas.co/yo-he-ido-al-psiquiatra-usted/

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