“La gente
nunca debería pensar tanto en lo que tiene que hacer; tendría que meditar más
bien sobre lo que es…Uno tiene que cifrar su empeño en ser bueno y no insistir tanto
en lo que uno hace o en la índole de sus obras, sino en cómo es el fundamento
de sus obras.”
MEISTER ECKHART
11. 1 Psicoterapeutas egoístas
El
egoísmo evidencia una profunda falta de madurez en el psicoterapeuta, que le
hace pensar en la propia satisfacción de sus necesidades-intereses personales,
y no en las necesidades de los consultantes. Se produce un desfase o
contradicción entre lo que la profesión pueda reportar como lucro o prestigio,
y el beneficio real que puedan recibir las personas que acuden en busca de la
ayuda psicoterapéutica; este tipo de profesionales pueden evidenciar rasgos
egocéntricos, narcisos, inmaduros, y esperan que el gremio, los pacientes, la
sociedad y comunidad científica en general reconozcan y satisfagan sus
necesidades personales. El profesional de la salud mental bajo el egoísmo logra
una efectividad y eficacia muy mínima desde su profesión, o pueda que obtenga
“castillos en el aire” que de un momento a otro se puedan derrumbar por falta
de cimientos más altruistas; por estar centrado en sí mismo; en su
autoconcepto-imagen personal e instrumentalización de la carrera.
11. 2 Psicoterapeutas envidiosos
Como
el gremio suele ser competitivo y existen muchas expectativas también sobre
cómo otros intervienen o “resuelven” las dificultades de los consultantes, la
envidia puede asomar en cualquier momento de la vida. La envidia en los
psicoterapeutas puede significar varios aspectos: falta de capacidad propia que
se percibe en otros colegas; falta de compromiso y entrega que no caracteriza a
toda la comunidad terapéutica; estar pendiente de cuanto hacen los demás
profesionales; un tendencia arraigada familiar desde temprana edad (¿Cierto
determinismo familiar?...); el marketing contemporáneo que no es ajeno a ningún
oficio, y que hace ver a algunos profesionales como “exitosos” y a otros como
“fracasados”. Cualquiera, pues, que sean los orígenes de los “motivos
envidiosos”, causan mucho daño al gremio, y en grado último han llevado o
causado la muerte de un psicoterapeuta a manos de otro colega o compañero. Los psicoterapeutas
envidiosos pierden mucho tiempo y energía al estar atentos negativamente de los
demás; su quehacer, sus estrategias, sus modos de actuar, su afectividad, y
quitan valioso tiempo que podría desarrollarse en el fortalecimiento de
estrategias y técnicas que pudieran beneficiar a sus pacientes o proyectar la
ciencia-disciplina en sí.
“Ningún ser
humano puede ser totalmente competente y destacar en todos los aspectos o en la
mayor parte de ellos; la mayoría de la gente no destaca de hecho ni en un solo
aspecto importante. Intentar tener éxito está bien, ya que si se triunfa en un
trabajo, un juego o un proyecto artístico, reporta ventajas reales (tales como
la compensación económica o la satisfacción de haber participado). Pero el
exigir que se debe tener éxito es hacerse a uno mismo víctima de la ansiedad y
de los sentimientos de inutilidad personal.”
ALBERT
ELLIS
11. 3 Psicoterapeutas que se comparan y
compiten
Asimismo,
las comparaciones de tipo social, profesional, familiar, económico, cultural,
espiritual, hacen daño cada día en la vida de millones de personas, y en los
profesionales de la salud mental no se hacen esperar como tal. Se envidia al
otro, se hacen comparaciones con las tendencias y estrategias de otros colegas,
y en casos más próximos de tipo institucional, se cae en una competición
intensa por el saber, la autoridad, el poder, la sabiduría, lo teórico, la
terapéutica, lo laboral, etc. La historia de la psicología y de la psiquiatría
no ha sido la excepción a la regla; por ejemplo, los grandes sistemas
psicológicos siempre han estado unos en contra de otros, sin disimulo, sin
respeto, porque cada gurú o teórico famoso considera la realidad (“su
realidad”) de manera diametralmente opuesta. No nos es fácil entender diversas
formas de comprender la naturaleza humana y la ineficacia de poder dar solución
efectiva a los sufrimientos humanos (mentales, psicológicos…). Se olvida que el
saber es un construcción humana, muy imperfecto, defectible, y que todos somos
llamados a aportar un grano de arena, algunas veces positivo, en otros casos
descartable, ya que no todo “sirve” o “funciona” aunque así lo creamos…
intolerantemente.
11. 4 Psicoterapeutas iracundos
El
“buen humor”, “el buen estado anímico”, “una buena actitud”, también son deseables
afectos que los psicoterapeutas debieran manejar-reflejar; los primeros que
esperan una buena actitud de sus interventores son los pacientes, que
acostumbran a poner su esperanza en la
habilidad y profesionalismo del psicólogo o del psiquiatra. Lamentablemente
esto no es la generalidad. A veces los profesionales de la salud mental
reflejan en sus rostros enojos, conflictos, amarguras, incertidumbres,
arrogancias, todo lo contrario a lo que sus pacientes esperan encontrar: un
bálsamo para su alma y existencia herida, frustrada e incomprensible. La ira en
el profesional puede surgir de sus propias frustraciones, su falta de control
personal efectivo sobre las cosas y los eventos de la realidad; falta de
organización, disciplina y armonía. La ira siempre suele evidenciar “algo mal
en uno”; inconformismo, susceptibilidad, imposibilidad, intolerancia, crítica,
intransigencia, altivez, rebeldía, perfeccionismo, descontento, decepción…
11. 5 Psicoterapeutas inseguros
Pero
también, los sentimientos de inseguridad pueden afectar el desempeño
psicoterapéutico. Aquí los profesionales se “bloquean”, no saben qué hacer con
un paciente, cómo enfrentar tal situación. Viven un mar de inseguridad cuando
deben responder ante otros, cuando deben preparar informes o capacitaciones de
cierto tipo; cuando deben manejar público, cuando deben llegar a acuerdos con
otros colegas o asociaciones. Cualquiera que sea la fuente de la ansiedad (así
sea una deficiente formación profesional), esto afecta mucho el desempeño porque
se tendrá en acción a psicoterapeutas angustiados, que no creen en lo que ellos
mismos hacen; desconfían, vacilan, temen, lo que deben asumir como
profesionales. Aquí también la cuota de pérdida es alta porque se esperan
profesionales que sepan lo que hacen, que tengan claros sus objetivos
profesionales y conozcan las diversas fatalidades humanas y modos, aunque
humanos, de poder intervenir-abordar a sus consultantes. La “seguridad
personal”, la “autoconfianza”, es un logro de la estima personal que se va
adquiriendo en la medida que se identifican, controlan y erradican los propios
temores ligados a eventos pasados, interacciones molestas o una debilidad de
carácter no enfrentada con valentía.
Un caso
particular
YO
HE IDO AL PSIQUIATRA, ¿USTED?[1]
Por: Pedro
Rovetto - abril 04, 2014
“Hace unos veinte años acudí al psiquiatra
por primera vez. No he repetido la visita muchas veces pero me gusta
relatarlo por solidaridad con los enfermos mentales. Nos miran distinto cuando
hacemos conocer este detallito de nuestras vidas. Ahora, para la sociedad
en general yo no estoy “loco” ni lo he estado (eso creo). Cuando informé a mis
amigos del diagnóstico, muy acertado, que me habían hecho me dijeron que quizás
debí ahorrarme esa plática pues ellos solo conociéndome diagnosticarían lo
mismo. Les creo. Pero ellos no me habrían ayudado mucho. No tenían los medios
terapéuticos ni el know how para hacerlo. Simplemente me
clavarían un rótulo: Pedro “el esquizofrénico” o “el deprimido” o “el
paranoide” o “el ciclotímico”. El psiquiatra me ayudó mucho más y esa es la
gran diferencia.
“Recientes estudios epidemiológicos
afirman que la mitad o más de la población cumple los criterios diagnósticos de
alguna enfermedad mental en el algún punto de su vida” sostiene el psiquiatra
Joseph Pierre de la Universidad de California (Aeon Magazine, 19 de marzo,
2014) Entonces la mitad de nosotros en algún momento necesitaríamos ayuda
psiquiátrica porque no somos ni mucho menos expertos en trastornos sicológicos,
mentales o psiquiátricos (llámelos como quiera) y su tratamiento. En la
consulta llore, hable de sus obsesiones, describa sus delirios secretos y
quizás confiese que a veces oye voces en el aire, aunque esto último es mucho
más grave. Pero nos da vergüenza, ¿no?
El Dr. Pierre narra que hay dos conductas
comunes en una fiesta cuando lo presentan como psiquiatra. Unas personas se
alejan y no le vuelven a hablar por miedo de ser analizados y “patologizados”.
Otros por el contrario le cuentan todos sus problemas, los de su esposa, los de
sus hijos, sus vecinos, etc. Estas distintas reacciones se explican por
la necesidad de compartir nuestros miedos profundos y a la vez una sospecha
generalizada de una supuesta conspiración de profesionales de la salud y
grandes laboratorios farmacéuticos para medicar a casi todo el mundo. Hay
como una inútil paranoia generalizada ante la salud mental y los expertos en
ella.
Es cierto, afirma el autor, que el campo
de las terapias sicológicas ha aumentado dramáticamente en los últimos años.
Cada día hay más profesionales trabajando en ese campo con distintos enfoques
pero nadie está acorralando rebaños de zombis. La llamada “biblia de la
psiquiatría”, el DMS-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico, 5ª edición)
publicado el año pasado incluye más diagnósticos que nunca pero eso se debe a
la enorme demanda de ayuda psicológica y psiquiátrica para multitud de
situaciones humanas.
Un profesional de la salud mental puede
intervenir, por ejemplo, en el manejo apropiado de las sanas preocupaciones de
algunas personas, worried well las denomina el doctor Pierre. La
psicología actual acepta la existencia de estrés bueno o “eustrés sin distrés”
(Selye, Stress without distress, 1974) ante muchas retos de la vida
biológica y social humana. Pero hay individuos que manejan
inapropiadamente esas justas preocupaciones e incertidumbres y podrían
beneficiarse con algunas terapias, probablemente ambulatorias, sin
hospitalización, no farmacológicas. Yo me atrevería a sugerir cambios en la
legislación sanitaria permitiendo la prescripción de ciertas drogas
psiquiátricas en algunos casos por psicólogos clínicos con entrenamiento serio
y formal. El autor del artículo citado se opone a esta propuesta pero debíamos
discutirla en la actual reforma al sistema de salud ante el número creciente de
pacientes.
El breve ensayo publicado
en Aeon subraya dos aspectos importantes en esta demanda de servicios
de salud mental. Primero, las condiciones psicológicas y psiquiátricas se
disponen en un espectro continuo de variaciones desde lo normal a lo
francamente patológico. El diagnóstico no es un simple sí o no, blanco o negro,
sano o loco. Por ejemplo, las personas con trastornos afectivos maníaco-depresivos
(los “bipolares”, hasta un 3% de la población humana en diferentes culturas y
sociedades según Wikipedia) se colocan en un rango que va desde una alegre y
casi normal hipomanía, diversas y menos divertidas manías, depresiones leves o
graves continuas o cíclicas hasta francos estados de psicosis. Según un amigo
psiquiatra en cada congreso se presenta una nueva variedad de trastorno
bipolar. En esta compleja situación la exactitud del diagnóstico es quizás
menos importante que la disposición y habilidad del profesional para ayudar al
paciente.
Este es el segundo punto importante del
artículo de Pierre. Un buen terapeuta no usa el DSM como
catálogo de enfermedades, encerrando las personas en una etiqueta diagnóstica.
Sino con su empatía y experiencia para entender la historia personal del
paciente ofrece un abanico de intervenciones terapéuticas para aliviar el
sufrimiento de quien solicita su ayuda. Sufrimiento que puede ser la
presentación clínica de una enfermedad mental o parte de la vida humana corriente
y usual. Entonces, cero vergüenzas si vamos al psiquiatra.”


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