jueves, 10 de diciembre de 2015

2. PROFESIONALISMO



“La tarea del analista, en términos generales, consiste en ayudar al paciente a descubrirse a sí mismo y a orientar nuevamente su vida en todo lo que el propio paciente estime necesario. A fin de brindar una impresión más específica de lo que hace el analista al perseguir ese objeto, es necesario dividir su labor en categorías y estudiar éstas por separado. Su trabajo, en general puede ser dividido en cinco partes principales: la observación, la comprensión, la interpretación, la ayuda contra la resistencia y la ayuda humana en general.”
Karen Horney


2. 1 La dicotomía formación versus educación

Al igual que cualquier persona que elija una profesión, arte u oficio, siempre suele encontrarse en los profesionales el antagonismo formación versus educación; diferencia sutil que socialmente no es tan reconocida o valorada como tal; en la formación, los individuos realmente obtienen cambios valorativos, virtuosos, como personas en su calidad humana; parece que el conocimiento los dignificara con respecto a las necesidades sociales más apremiantes. Las personas formadas saben que han estudiado en pro del servicio a la humanidad, y sus intereses particulares se materializan secundariamente por el mismo bien y servicio que prestan a los demás.

Por su parte, en la educación, los profesionales han logrado y cursado un cúmulo de contenidos, planes curriculares, textos, cursos, titulaciones, experiencias académicas diversas, pero no son individuos con calidad humana y sensibilidad hacia los demás. Estos individuos creen que la sociedad les debe rendir tributo por sus notorios alcances académicos acumulativos, realmente, de meros contenidos y bibliografía. En estas personas el cambio personal y humano, que se supone que la educación brinda, no es evidente, y suelen ser profesionales que causan multitud de problemas en las instituciones cada día ¿Conoce usted a alguno de ellos?

En este sentido, los psicoterapeutas no son la excepción. Algunos cuentan con formación en sus vidas; son sensibles a las necesidades de los demás y no se asumen como “salvadores” de otros, sino que consideran que el cambio y el mejoramiento continuo deben ser constantes para ser mejores profesionales. Otros, por su parte, bien educados y estudiados por cierto, llegan a ser objeto de desprecio por su falta de sensibilidad, y generan tropiezos en otras personas que solicitan su ayuda, o aquellos que tienen bajo su supervisión.



2. 2 El autoengaño

Los psicoterapeutas pueden caer en un sutil autoengaño: creer que un vasto recorrido por los anales del conocimiento les genera cambio y mejoramiento personal automático en sus áreas afectadas psicológica, emocional y mental. El comportamiento humano, es importante tener en cuenta, no se sujeta a las mismas leyes físicas, biológicas o químicas, en la mayoría de los casos tan controlables y manipulables. La conducta de los individuos es muy maleable, voluble, inconsistente, para pensar que se logrará el dominio propio y el cambio como persona, de la noche  a la mañana.

Los psicoterapeutas se desconciertan cuando identifican problemas y conflictos en sí mismos, que se supone la educación y la capacitación constante debió haber erradicado fulminantemente; lamentablemente esto no es así: se encuentran terapeutas bajo el filtro de la depresión, la ruina personal, las contradicciones de la existencia, la ansiedad, la baja autoestima, la conflictividad, los trastornos de la personalidad, la frustración, las tendencias suicidas, la lujuria… “más locos”… como expresan algunas personas externas.

A veces, no basta en esta vida con la mera lectura de unos buenos libros para lograr un cambio efectivo en la vida personal, puesto que el cambio plantea desafíos internos radicales al individuo atado a hábitos dañinos, inmorales, antisociales, perversos, erróneos, esclavizantes… que lo confrontan con decisiones que debe tomar, si realmente desea liberarse de sus “conflictos internos” de repercusión personal e interpersonal.

2. 3 El síndrome del sabeloto

Algunos psicólogos y psiquiatras “creen saberlo todo” acerca del comportamiento humano. Están amparados en mucha capacitación y estudio y hacen alarde de una rigurosísima educación profesional. Es posible que estos psicoterapeutas tengan una “etiqueta” lista para nominar cualquier problemática humana y asumir su comprensión y control. Lo saben todo. No obstante, si son autosinceros, pueden discernir sus contradicciones al verse inmiscuidos en problemas de pareja, de crianza de los hijos, de relaciones laborales complicadas-tóxicas, de vicios secretos u ocultos, de fracasos constantes, de inestabilidad emocional, etc., los cuales disciernen la etiqueta de lo que les acontece, pero no la solución y erradicación efectiva de dichos conflictos.

En verdad que, en comportamiento humano, siempre hay mucho que aprender; cada vicisitud, calamidad, conflicto, necesidad, vicio,  tragedia, injusticia, trastorno… tienen mucho que enseñar a los psicoterapeutas, evidenciando lo disímiles que son los pacientes-clientes, lo insólitas que son las situaciones, y las pocas herramientas efectivas con que se cuentan para ayudar a otros a un cambio “total” (al menos eficaz, eficiente y efectivo) de sus frustraciones y problemas.
 

2. 4 La humildad es muy terapéutica

Los profesionales de la salud mental, cuando enfrentan problemas como: ansiedad, angustia, depresión, fobias, conflictos emocionales, estrés, perversidad, adicciones varias, etc., debieran aprender del valor de la “humildad” para aceptar su falta de dominio propio sobre ciertas áreas de su vida, de su carácter y personalidad. Esto indica que no se es un dios que automáticamente triunfa sobre los problemas, sino que éstos deben ser abordados humanamente para encontrar las raíces de la resistencia, así como las causas subyacentes del comportamiento neurótico o perturbado.

Es decir que, reconocer también que como profesional de la salud mental se requiere ayuda, es dar un paso hacia la liberación, renovación y calidad de vida del profesional en cuestión, lo cual además, revertirá positivamente a la hora de intervenir y aconsejar a los demás. Poder lograr una mejor “empatía” con los semejantes (a quienes llamamos pacientes o clientes).

La humildad vence el orgullo profesional, la arrogancia personal, y el carácter infalible que muchos psicoterapeutas suelen atribuirse, simplemente porque han cursado muchos estudios, han estado en x instituciones o universidades, o una vasta experiencia les ha concedido el estatus de gurú en cualquier área del comportamiento humano. Recuerde que el orgullo es una fuerte resistencia, si no de las más arraigadas que existen en la conducta humana frente al cambio, que deben vencerse si se anhelan cambios personales efectivos en la propia conducta, y entonces sí, quizás en los demás.



2. 5 La estabilidad emocional del psicoterapeuta es deseable

No deben minimizar los profesionales de la salud mental el valor de la “estabilidad emocional”, “el equilibrio emocional”, “el autocontrol”, “el dominio propio”, “la paz interior”…, como se ha denominado de forma diversa  las experiencias de bienestar personal integral interior dentro del individuo. Si bien nadie en esta tierra, aparte de Dios, es perfecto emocionalmente (y en todo), la sociedad siempre espera que los psicoterapeutas sean más “cuerdos” que la generalidad de las personas. Equilibrados, no perfectos. Y ello, repetimos, supone una depuración constante, benigna, paciente, alegre, paulatina, efectiva, espiritual, sincera,  etc., que permita afianzar y perfeccionar los valores y dones de las personas, así como el control, quizás erradicación, de los defectos humanos y sus neuróticos hábitos inadecuados.


“Una vida activa sirve a la intencionalidad de dar al hombre una oportunidad para comprender sus méritos en la labor creativa, mientras que una vida pasiva de simple goce le ofrece la oportunidad de obtener la plenitud experimentando la belleza, el arte o la naturaleza. Pero también es positiva la vida que está casi vacía tanto de creación como de gozo y que admite una sola posibilidad de conducta; a saber, la actitud del hombre hacia su existencia, una existencia restringida por fuerzas que le son ajenas. A este hombre le están prohibidas tanto la vida creativa como la existencia de goce, pero no sólo son significativas la creatividad y el goce; todos los aspectos de la vida son igualmente significativos, de modo que el sufrimiento tiene que serlo también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte. Sin todos ellos la vida no es completa.”
Viktor Frankl

Un caso particular


Helen es psicóloga en una institución educativa. Trabaja con cerca de 4 o 5 psicólogos más. Todos están al mismo nivel: son docentes de ética y desarrollo humano. Pese a ello, H. es bastante competitiva, envidiosa, y vive comparando su trabajo con el de los demás compañeros. Esto lo hace sutilmente, pero ha ganado cierta preferencia con el director, de modo que puede sacar algunas ventajas con respecto de sus demás colegas o compañeros de trabajo. La situación tiende a crear un clima organizacional desagradable, toda vez que se ven inmiscuidos en una competencia planteada por una persona, y en la cual todos tratarán de demostrar su capacidad y rendimiento. H. no ha sido consciente de que sus valiosas capacidades como docente en el área no requieren de competencia y favoritismo alguno; “pero ella misma marca la diferencia ficticia”; es posible encontrar en ella algunos rasgos “narcisistas” que procuran hacerle creer y sentir que es mejor que sus colegas. Es curioso notar, que en dicha institución con el paso de los años, la mayoría de sus colegas han renunciado o cambiado de trabajo y ella se ha mantenido constante. H. corre el riesgo de vivir una vida profesional de competencia, envidia, obsesividad, comparaciones, donde nadie las ha planteado, requerido o hechas necesarias.

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