“La tarea del
analista, en términos generales, consiste en ayudar al paciente a descubrirse a
sí mismo y a orientar nuevamente su vida en todo lo que el propio paciente
estime necesario. A fin de brindar una impresión más específica de lo que hace
el analista al perseguir ese objeto, es necesario dividir su labor en
categorías y estudiar éstas por separado. Su trabajo, en general puede ser
dividido en cinco partes principales: la observación, la comprensión, la
interpretación, la ayuda contra la resistencia y la ayuda humana en general.”
Karen
Horney
2. 1
La dicotomía formación versus educación
Al igual que cualquier persona
que elija una profesión, arte u oficio, siempre suele encontrarse en los
profesionales el antagonismo formación
versus educación; diferencia sutil que socialmente no es tan reconocida o
valorada como tal; en la formación, los individuos realmente
obtienen cambios valorativos, virtuosos, como personas en su calidad humana;
parece que el conocimiento los dignificara con respecto a las necesidades
sociales más apremiantes. Las personas formadas saben que han estudiado en pro
del servicio a la humanidad, y sus intereses particulares se materializan secundariamente
por el mismo bien y servicio que prestan a los demás.
Por su parte, en la educación,
los profesionales han logrado y cursado un cúmulo de contenidos, planes
curriculares, textos, cursos, titulaciones, experiencias académicas diversas,
pero no son individuos con calidad humana y sensibilidad hacia los demás. Estos
individuos creen que la sociedad les debe rendir tributo por sus notorios
alcances académicos acumulativos, realmente, de meros contenidos y
bibliografía. En estas personas el cambio personal y humano, que se supone que
la educación brinda, no es evidente, y suelen ser profesionales que causan
multitud de problemas en las instituciones cada día ¿Conoce usted a alguno de
ellos?
En este sentido, los
psicoterapeutas no son la excepción. Algunos cuentan con formación en sus
vidas; son sensibles a las necesidades de los demás y no se asumen como
“salvadores” de otros, sino que consideran que el cambio y el mejoramiento
continuo deben ser constantes para ser mejores profesionales. Otros, por su
parte, bien educados y estudiados por cierto, llegan a ser objeto de desprecio
por su falta de sensibilidad, y generan tropiezos en otras personas que
solicitan su ayuda, o aquellos que tienen bajo su supervisión.
2.
2 El autoengaño
Los psicoterapeutas pueden
caer en un sutil autoengaño: creer que un vasto recorrido por los anales del
conocimiento les genera cambio y mejoramiento personal automático en sus áreas
afectadas psicológica, emocional y mental. El comportamiento humano, es
importante tener en cuenta, no se sujeta a las mismas leyes físicas, biológicas
o químicas, en la mayoría de los casos tan controlables y manipulables. La
conducta de los individuos es muy maleable, voluble, inconsistente, para pensar
que se logrará el dominio propio y el cambio como persona, de la noche a la mañana.
Los psicoterapeutas se
desconciertan cuando identifican problemas y conflictos en sí mismos, que se
supone la educación y la capacitación constante debió haber erradicado
fulminantemente; lamentablemente esto no es así: se encuentran terapeutas bajo
el filtro de la depresión, la ruina personal, las contradicciones de la
existencia, la ansiedad, la baja autoestima, la conflictividad, los trastornos
de la personalidad, la frustración, las tendencias suicidas, la lujuria… “más
locos”… como expresan algunas personas externas.
A veces, no basta en esta vida
con la mera lectura de unos buenos libros para lograr un cambio efectivo en la
vida personal, puesto que el cambio plantea desafíos internos radicales al
individuo atado a hábitos dañinos, inmorales, antisociales, perversos,
erróneos, esclavizantes… que lo confrontan con decisiones que debe tomar, si
realmente desea liberarse de sus “conflictos internos” de repercusión personal
e interpersonal.
2. 3
El síndrome del sabeloto
Algunos psicólogos y
psiquiatras “creen saberlo todo” acerca del comportamiento humano. Están
amparados en mucha capacitación y estudio y hacen alarde de una rigurosísima
educación profesional. Es posible que estos psicoterapeutas tengan una “etiqueta”
lista para nominar cualquier problemática humana y asumir su comprensión y
control. Lo saben todo. No obstante, si son autosinceros, pueden discernir sus
contradicciones al verse inmiscuidos en problemas de pareja, de crianza de los
hijos, de relaciones laborales complicadas-tóxicas, de vicios secretos u
ocultos, de fracasos constantes, de inestabilidad emocional, etc., los cuales
disciernen la etiqueta de lo que les acontece, pero no la solución y
erradicación efectiva de dichos conflictos.
En verdad que, en
comportamiento humano, siempre hay mucho que aprender; cada vicisitud,
calamidad, conflicto, necesidad, vicio, tragedia, injusticia, trastorno… tienen mucho
que enseñar a los psicoterapeutas, evidenciando lo disímiles que son los
pacientes-clientes, lo insólitas que son las situaciones, y las pocas
herramientas efectivas con que se cuentan para ayudar a otros a un cambio
“total” (al menos eficaz, eficiente y efectivo) de sus frustraciones y
problemas.
2.
4 La humildad es muy terapéutica
Los profesionales de la salud
mental, cuando enfrentan problemas como: ansiedad, angustia, depresión, fobias,
conflictos emocionales, estrés, perversidad, adicciones varias, etc., debieran
aprender del valor de la “humildad” para aceptar su falta de dominio propio
sobre ciertas áreas de su vida, de su carácter y personalidad. Esto indica que
no se es un dios que automáticamente triunfa sobre los problemas, sino que
éstos deben ser abordados humanamente para encontrar las raíces de la
resistencia, así como las causas subyacentes del comportamiento neurótico o
perturbado.
Es decir que, reconocer
también que como profesional de la salud mental se requiere ayuda, es dar un
paso hacia la liberación, renovación y calidad de vida del profesional en
cuestión, lo cual además, revertirá positivamente a la hora de intervenir y
aconsejar a los demás. Poder lograr una mejor “empatía” con los semejantes (a
quienes llamamos pacientes o clientes).
La humildad vence el orgullo
profesional, la arrogancia personal, y el carácter infalible que muchos
psicoterapeutas suelen atribuirse, simplemente porque han cursado muchos
estudios, han estado en x instituciones o universidades, o una vasta
experiencia les ha concedido el estatus de gurú en cualquier área del
comportamiento humano. Recuerde que el orgullo es una fuerte resistencia, si no
de las más arraigadas que existen en la conducta humana frente al cambio, que
deben vencerse si se anhelan cambios personales efectivos en la propia
conducta, y entonces sí, quizás en los demás.
2.
5 La estabilidad emocional del psicoterapeuta es deseable
No deben minimizar los
profesionales de la salud mental el valor de la “estabilidad emocional”, “el
equilibrio emocional”, “el autocontrol”, “el dominio propio”, “la paz
interior”…, como se ha denominado de forma diversa las experiencias de bienestar personal
integral interior dentro del individuo. Si bien nadie en esta tierra, aparte de
Dios, es perfecto emocionalmente (y en todo), la sociedad siempre espera que
los psicoterapeutas sean más “cuerdos” que la generalidad de las personas.
Equilibrados, no perfectos. Y ello, repetimos, supone una depuración constante,
benigna, paciente, alegre, paulatina, efectiva, espiritual, sincera, etc., que permita afianzar y perfeccionar los
valores y dones de las personas, así como el control, quizás erradicación, de
los defectos humanos y sus neuróticos hábitos inadecuados.
“Una vida activa sirve a la intencionalidad de dar al
hombre una oportunidad para comprender sus méritos en la labor creativa,
mientras que una vida pasiva de simple goce le ofrece la oportunidad de obtener
la plenitud experimentando la belleza, el arte o la naturaleza. Pero también es
positiva la vida que está casi vacía tanto de creación como de gozo y que
admite una sola posibilidad de conducta; a saber, la actitud del hombre hacia
su existencia, una existencia restringida por fuerzas que le son ajenas. A este
hombre le están prohibidas tanto la vida creativa como la existencia de goce,
pero no sólo son significativas la creatividad y el goce; todos los aspectos de
la vida son igualmente significativos, de modo que el sufrimiento tiene que
serlo también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede
erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte. Sin todos ellos
la vida no es completa.”
Viktor
Frankl
Un caso
particular
Helen
es psicóloga en una institución educativa. Trabaja con cerca de 4 o 5
psicólogos más. Todos están al mismo nivel: son docentes de ética y desarrollo
humano. Pese a ello, H. es bastante competitiva, envidiosa, y vive comparando
su trabajo con el de los demás compañeros. Esto lo hace sutilmente, pero ha
ganado cierta preferencia con el director, de modo que puede sacar algunas
ventajas con respecto de sus demás colegas o compañeros de trabajo. La situación
tiende a crear un clima organizacional desagradable, toda vez que se ven
inmiscuidos en una competencia planteada por una persona, y en la cual todos
tratarán de demostrar su capacidad y rendimiento. H. no ha sido consciente de
que sus valiosas capacidades como docente en el área no requieren de
competencia y favoritismo alguno; “pero ella misma marca la diferencia
ficticia”; es posible encontrar en ella algunos rasgos “narcisistas” que
procuran hacerle creer y sentir que es mejor que sus colegas. Es curioso notar,
que en dicha institución con el paso de los años, la mayoría de sus colegas han
renunciado o cambiado de trabajo y ella se ha mantenido constante. H. corre el
riesgo de vivir una vida profesional de competencia, envidia, obsesividad,
comparaciones, donde nadie las ha planteado, requerido o hechas necesarias.


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