“La felicidad y la
desdicha son tanto un estado de nuestra personalidad total que las reacciones
corporales frecuentemente las expresan en mayor grado que nuestros sentimientos
conscientes. El rostro tenso de una persona, la apatía, el cansancio, o los
síntomas físicos como dolores de cabeza, son expresiones frecuentes de
desdicha, en la misma forma que los sentimientos físicos de bienestar pueden
ser síntomas de felicidad. De hecho, nuestro cuerpo es menos capaz de ser
engañado respecto de nuestra felicidad que nuestra mente”.
ERICH
FROMM
8. 1 No se es de otro planeta
Uno de
los buenos puntos de partida, para los psicoterapeutas con problemas,
dificultades o trastornos, radica en la consciencia de asumirse como personas
normales que se han inclinado por un campo del saber y del conocimiento humano:
la conducta-comportamiento; su formación, interacción, así como sus
patologías-alteraciones, como lo intentan hacer los psiquiatras (quienes no son
más ni menos exitosos que los psicólogos clínicos a la hora de intervenir o lograr resultados
óptimos con sus pacientes). Las personas no dejan de ser personas, gente,
aunque estudien y se especialicen en determinados campos del saber humano. Esto
es muy importante “mentalizarlo” porque a veces los psicoterapeutas se
consideran seres muy especiales, “como de otro planeta” como si con tales
sensaciones (“sentirse raro, extraño, especial”…) fueran a lograr comprender
plenamente la compleja naturaleza humana, bastante afectada en sus
componentes-actuaciones en diversos aspectos, por lo demás.
8. 2 No se es un elegido
Tampoco
se es un “elegido” o “enviado” para obtener la absoluta verdad sobre el
comportamiento humano, “sano o perturbado”. Hombres famosos como Freud
(afortunados en cuanto a la divulgación mundial de su teoría – aunque la misma
sea extraordinariamente literaria, especulativa e ineficaz…), creyeron
encontrar la explicación-solución a problemas complejos, que muchas veces
seguimos sin comprender y que sumen a una buena parte de la humanidad bajo
diversas perturbaciones comportamentales. Así que, si usted es una “luminaria”
se verá motivado a servir con humildad ante tanta falencia y calamidad humana.
Pero, sin duda, si usted es un terapeuta exitoso o cuenta en su haber la
solución (¿curación?) de diversos (¿numerosos?) casos entonces es un buen
modelo para que comparta y divulgue a otros psicoterapeutas sus estrategias de
intervención, su pericia desarrollada, en el complejo mundo del comportamiento
“anormal”.
8. 3. Normalitos
Entonces
algo muy sano para los profesionales de la salud mental es no olvidar su labor-rol
social, como representantes de una de las instituciones sociales, en este caso
el ámbito de la salud, conscientes de las limitaciones y desafíos de cada
jornada de asesoría o intervención. “Normales”, como cualquier otro ser humano
dedicado a otro campo del saber, porque esta perspectiva produce humildad y
abre las puertas a la empatía (no siempre sobresaliente o característica de los
terapeutas), en aras de la sensibilidad ante las necesidades de los demás, y de
las cuales podemos tener experiencia previa vivida o estar a punto de penetrar
en ellas. Nadie es la excepción en esta vida a las fatalidades. Los
psicoterapeutas “normales”:
- Saben
claramente que también poseen defectos del carácter que deben controlar,
erradicar, superar.
-
Tienen consciencia de la calamidad humana inevitable.
-
Experimentan la humildad ante los graves conflictos humanos, nada fáciles de
“curar”.
- Se
sienten personas equilibradas porque están constantemente trabajando en sí
mismas.
-
Buscan ayudas adecuadas, asesorías, opiniones, consejos, capacitaciones,
formación, fundamentos, que mejoren primeramente su vida integral, luego su
quehacer profesional.
- No
se asumen como “gurús” que creen tener la solución para todas las
perturbaciones del comportamiento humano.
-
Saben que son “consejeros” (sujetos a habilidades y falencias humanas).
Psicología y psiquiatría son etiquetas humanas que referencian un quehacer o rol
social.
- No
desconocen o desprecian el fundamento espiritual en Dios, quien es el terapeuta
perfecto por excelencia y conoce absolutamente la condición humana de la
humanidad.
-
Otras que impliquen equilibrio personal, profesional e interpersonal.
“En el área del crecimiento personal ha
habido un cambio de enfoque durante los últimos treinta años. A fines de la
década del sesenta y a principio de la del setenta, la gente comenzó a hablar
de “encontrarse a sí mismo”, queriendo decir que buscaban un camino hacia una
plena realización personal. Esto es como hacer de la felicidad una meta pues la
realización personal se relaciona con sentirse bien. Pero el desarrollo
personal es diferente. Es cierto que gran parte del tiempo le hará sentirse
bien, pero ese es un beneficio marginal, no la meta. El desarrollo personal es
un llamado superior; es el desarrollo de su potencial de modo que pueda
alcanzar el propósito para el cual fue creado. Hay momentos en que esto es
realización, pero hay otros en que no lo es. No importa cómo se sienta, el
desarrollo personal tiene siempre un efecto: le lleva hacia su destino. El
Rabino Samuel M. Silver enseñaba que el
más grande de todos los milagros es que no necesitamos ser mañana lo que somos
hoy, pero podemos mejorar si usamos el potencial que Dios ha puesto en nosotros”.
JOHN C.
MAXWELL
8. 4 La imperfección humana
Los
psicoterapeutas deben liberarse de su tendencia narcisista u obsesiva de
creerse perfectos o mejores que los demás; la verdad es que, hasta las personas
más preparadas y experimentadas son también capaces de lo peor y de los errores
más incomprensibles. Recordemos que los profesionales de la salud atienden a
personas con los mismos defectos y falencias del carácter y la personalidad que
ellos mismos (pese a su formación) pueden tener, padecer o evidenciar. La
imperfección humana indica que también nuestros métodos y estrategias pueden
sujetarse al error y no todas las veces seremos asertivos o eficaces en lo que
realmente consideramos tener para ofrecer a los demás para su “curación”.
8. 5 Los pacientes: imperfectos también
Personas
imperfectas atienden a individuos igualmente imperfectos, y uno podría
preguntarse ¿Quién necesita realmente la ayuda? ¿Quién cura a quién? Y nos
encontramos con aquella realidad de que: en una u otra forma todos somos seres
necesitados, en alguna manera de algo; tenemos, falencias, carencias,
limitaciones, ataduras, defectos, contradicciones, incongruencias… Y los
profesionales de la salud mental, una vez más, se ven desafiados y motivados a
operar cambios en su vida personal, corregir formas inadecuadas de interactuar,
de ser, antes de aventurarse en el confuso y tortuoso camino del “cambio
personal” que se pretenden brindar o propiciar en los demás.
Un caso
particular
Manuel es un psiquiatra con una amplísima
experiencia profesional; 40 años en el ejercicio de la profesión como profesor
y terapeuta. En su haber están más de veinte mil pacientes atendidos en dichos
años. Cifra no menos significativa, por cierto. Sin embargo, varios pacientes
atendidos se han suicidado, y reconoce que no es una situación fácil para él
como terapeuta, como ser humano y también en cuanto a la eficacia real del
quehacer psiquiátrico. M. admite que son sucesos impactantes, angustiantes y
dolorosos. En dichos casos los psiquiatras apelan a su formación, a la
prevención y asesoría que han recibido para superar aquello de que: son los
pacientes los que se enferman o están enfermos y no así los médicos. El caso de
M. ilustra además la situación de “duelo” que pueden enfrentar los
psicoterapeutas ante la muerte o suicidio de sus pacientes; por más de que se
trate de mantener la relación médico-paciente, se puede ser vulnerable ante las
diversas circunstancias que rodean la muerte por suicidio y las connotaciones
(religiosas, morales, culturales, familiares…) que acarrean dichos
acontecimientos vitales trágicos. Sobra decir que, algunos psicoterapeutas se
pueden afectar con depresiones en dichas situaciones.


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