jueves, 10 de diciembre de 2015

INTRODUCCIÓN



Pocos, realmente muy pocos terapeutas estarían dispuestos a aceptar o reconocer la “necesidad de ayuda terapéutica” para ellos mismos. Se necesita bastante humildad, autorreflexión, sinceridad y enmienda para admitir que se pueden tener dificultades personales de cualquier tipo, así el individuo sea el terapeuta más reconocido en el universo, como ocurrió con algunos de los denominados “grandes psicólogos” (por ejemplo: Freud, Kolberg, Stekel, Tausk, Bettelheim…), quienes a la postre se suicidaron. Sullivan tuvo dificultades con el alcohol, James con depresiones e ideas suicidas…

Ahora bien, no deseo que el texto inicie con un tono amargo o generador de desánimo (a profesionales en actividad – acaso exitosos - o a estudiantes muy motivados por las ciencias del comportamiento humano); tanto la Psiquiatría como la psicología, si bien no se caracterizan por el éxito absoluto sobre las más encarecidas vicisitudes-inquietudes humanas y enigmas del comportamiento humano (como en algunas patologías conductuales…), y que aún causan graves daños sociales en la cotidianidad (la desviación del comportamiento, los graves problemas de convivencia humana…), no por eso dejan de ser dos áreas necesarias en los esfuerzos por una calidad de vida en la sociedad en general. En realidad, no solo ellas, sino aunadas a las ciencias humanas y de la salud, así como a las diversas ciencias tecnológicas, económicas, administrativas, sociales, que buscan aportar su cuota para la construcción y vivencia de un mundo mejor.

Sin embargo, la cotidianidad da cuenta de un buen número de terapeutas cuyos problemas no difieren mucho de aquellos que sus pacientes les plantean como desafío y necesidad de ayuda (psicoterapia).

Por ejemplo (aunque en nuestro texto no nos aferraremos a las “ilusas” estadísticas, siempre idealmente “aproximativas”, nunca definitivas y universales): estudios de Michael Klag (1997) indican que la tasa de divorcio para los psiquiatras fue del 51%, entre 1948 y 1964, que estuvo por encima a la población de la misma época, y mayor que en otras áreas de la medicina; se calcula que 3 de cada 4 terapeutas ha padecido angustia mayor; que el 60% ha podido experimentar depresión en algún momento de su vida; se estima que entre el 20% y el 30% de los psicoterapeutas ha experimentado el suicidio de algún paciente en su trayectoria profesional; también se refieren estudios (1992) sobre padecimiento de abuso sexual y físico en algún periodo de su vida en los mismos terapeutas, en una fracción de dos tercios de la generalidad; estudios de 1990-1991 indican que la mitad de los terapeutas han sido amenazados con violencia física por parte de los pacientes, y en un 40% resultan siendo agredidos. Por su parte, el Dr. Richard Thoreson de la Universidad de Missouri, considera que los psicoterapeutas se encuentran en riesgo signifcativo en un 10%. Refieren  Robert Epstein y Tim Bower (1997):

“Uno de cada cuatro psicólogos tiene sentimientos suicidas, a veces, de acuerdo con una encuesta, y tanto como uno de cada 16 puede tener un intento de suicidio. Los únicos datos publicados -hace casi 25 años- sobre los suicidios reales entre los psicólogos mostraron una tasa de suicidio para psicólogas que es tres veces mayor que la de la población general, si bien la tasa entre los psicólogos de sexo masculino no fue mayor de lo esperado por el azar.”

Aunque éstas son cifras aisladas, centradas en Norteamérica, lo importante es que indican que hay una “crisis” personal o toda una serie de dificultades y desafíos que producen o conducen a desajustes emocionales en los psicoterapeutas ¡Curiosamente aquellos que propenden por el cambio personal de sus pacientes muchas veces no lo logran en sí mismos! ¿Y qué pasa?

Algo ocurre, y tanto psicólogos como psiquiatras requieren ayuda. Y ¿Por qué suelen evadir los psicoterapeutas hacer procesos de cambio personal? ¿Por qué lo psiquiatras consideran tener control de la conducta humana sobre un soporte médico, nosológico-nosográfico y farmacéutico, cuando los trastornos suelen ser muy enigmáticos y difíciles de abordar… en algunos casos casi incurables (como le ocurre al sociópata)? ¿Por qué no se da un autoanálisis sincero, disciplinado y periódico en los psicoterapeutas? ¿Cuáles son las resistencias para el cambio personal efectivo (el autoengaño personal)? ¿Por qué hay resistencia en buscar la ayuda de otro colega? o ¿Acaso no son los colegas dignos tampoco de fiar, competentes? ¿Por qué algunos psicoterapeutas parecen más “locos” que algunos de sus pacientes muy desajustados o desadaptados?... Estas y muchas otras preguntas busca responder, reflexionar y especular este texto, con la expectativa de poder ayudar a los diversos psicoterapeutas a mejorar su calidad de vida psicológica, mental, emocional, incluso espiritual.

En mi modesta experiencia profesional he podido buscar adecuada ayuda para mis dificultades personales (gracias a Dios muy “normales” y naturales, creo yo), pero también he atendido a profesionales con diversas problemáticas psicológicas, de su personalidad y carácter en general.

Si logramos sensibilizar y dar unas buenas pistas y estrategias de superación personal al respecto podemos considerarnos afortunados y parte del complejo mundo del cambio personal e individual, de los cuales los terapeutas no son la excepción a la regla. Quedan muchas cosas por fuera de esta introducción, pero se confía en irlas abordando a medida que se entra en materia y se tratan diversos tópicos de la vida profesional de los psicoterapeutas y psiquiatras.

Pero también debo añadir que el texto no está organizado de forma sistemática (y lo lamento en ese sentido); de todas formas usted puede leerlo como se sienta más cómodo, porque la estructura lo permite y posibilita la reflexión de un tópico en varias acepciones.

Se plantean unas fichas-guías de trabajo al final de cada capítulo que sería muy deseable que constituyeran su reflexión, autoterapia o autoanálisis; creo que en la medida que sea sincero y tome determinaciones “algo” de su vida personal y quehacer psicoterapéutico pudiera verse mejorado. Además se encuentran al final una serie de apéndices que, en mi modesta formación, pueden ser epistemológicamente muy ilustrativos y prácticos para el mejoramiento de nuestro quehacer como psicoterapeutas, aparte de ser una compilación valiosa para capacitar a otros. Por lo demás se citan casos ilustrativos de los temas tomados de la vida real y de la experiencia personal del autor, solamente que se han cambiado los nombres y algunos detalles por respeto, dignidad y seguridad para todas las partes implicadas; estos casos son muy desfavorables para la profesión de psicoterapeuta, pero así mismo existen casos positivos de psicólogos, psiquiatras y terapeutas “muy centrados” que realizan una excelente labor profesional y social cada día, pero, recordemos, el énfasis de este libro son las dificultades de dichos terapeutas en su rol diario.


El Autor

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