Pocos,
realmente muy pocos terapeutas estarían dispuestos a aceptar o reconocer la
“necesidad de ayuda terapéutica” para ellos mismos. Se necesita bastante humildad, autorreflexión, sinceridad
y enmienda para admitir que se pueden
tener dificultades personales de
cualquier tipo, así el individuo sea el terapeuta más reconocido en el
universo, como ocurrió con algunos de los denominados “grandes psicólogos” (por
ejemplo: Freud, Kolberg, Stekel, Tausk, Bettelheim…), quienes a la postre se suicidaron. Sullivan tuvo
dificultades con el alcohol, James con depresiones e ideas suicidas…
Ahora
bien, no deseo que el texto inicie con un tono amargo o generador de desánimo
(a profesionales en actividad – acaso exitosos - o a estudiantes muy motivados
por las ciencias del comportamiento humano); tanto la Psiquiatría como la
psicología, si bien no se caracterizan por el éxito absoluto sobre las más encarecidas vicisitudes-inquietudes humanas
y enigmas del comportamiento humano (como en algunas patologías conductuales…),
y que aún causan graves daños sociales en la cotidianidad (la desviación del
comportamiento, los graves problemas de convivencia humana…), no por eso dejan
de ser dos áreas necesarias en los esfuerzos por una calidad de vida en la
sociedad en general. En realidad, no solo ellas, sino aunadas a las ciencias
humanas y de la salud, así como a las diversas ciencias tecnológicas,
económicas, administrativas, sociales, que buscan aportar su cuota para la
construcción y vivencia de un mundo mejor.
Sin
embargo, la cotidianidad da cuenta de un buen número de terapeutas cuyos
problemas no difieren mucho de aquellos que sus pacientes les plantean como
desafío y necesidad de ayuda (psicoterapia).
Por
ejemplo (aunque en nuestro texto no nos aferraremos a las “ilusas”
estadísticas, siempre idealmente “aproximativas”, nunca definitivas y
universales): estudios de Michael Klag (1997)
indican que la tasa de divorcio para los psiquiatras fue del 51%, entre 1948 y
1964, que estuvo por encima a la población de la misma época, y mayor que en
otras áreas de la medicina; se calcula que 3 de cada 4 terapeutas ha padecido
angustia mayor; que el 60% ha podido experimentar depresión en algún momento de
su vida; se estima que entre el 20% y el 30% de los psicoterapeutas ha
experimentado el suicidio de algún paciente en su trayectoria profesional;
también se refieren estudios (1992) sobre padecimiento de abuso sexual y físico
en algún periodo de su vida en los mismos terapeutas, en una fracción de dos
tercios de la generalidad; estudios de 1990-1991 indican que la mitad de los
terapeutas han sido amenazados con violencia física por parte de los pacientes,
y en un 40% resultan siendo agredidos. Por su parte, el Dr. Richard Thoreson de la Universidad de Missouri,
considera que los psicoterapeutas se encuentran en riesgo signifcativo en un
10%. Refieren Robert Epstein y Tim Bower
(1997):
“Uno de cada cuatro psicólogos tiene sentimientos suicidas, a
veces, de acuerdo con una encuesta, y tanto como uno de cada 16 puede tener un
intento de suicidio. Los únicos datos publicados -hace casi 25 años- sobre los
suicidios reales entre los psicólogos mostraron una tasa de suicidio para
psicólogas que es tres veces mayor que la de la población general, si bien la
tasa entre los psicólogos de sexo masculino no fue mayor de lo esperado por el
azar.”
Aunque éstas
son cifras aisladas, centradas en Norteamérica, lo importante es que indican
que hay una “crisis” personal o toda una serie de dificultades y desafíos que
producen o conducen a desajustes emocionales en los psicoterapeutas
¡Curiosamente aquellos que propenden por el cambio personal de sus pacientes
muchas veces no lo logran en sí mismos! ¿Y qué pasa?
Algo ocurre,
y tanto psicólogos como psiquiatras requieren ayuda. Y ¿Por qué suelen evadir
los psicoterapeutas hacer procesos de cambio personal? ¿Por qué lo psiquiatras
consideran tener control de la conducta humana sobre un soporte médico,
nosológico-nosográfico y farmacéutico, cuando los trastornos suelen ser muy
enigmáticos y difíciles de abordar… en algunos casos casi incurables (como le
ocurre al sociópata)? ¿Por qué no se da un autoanálisis sincero, disciplinado y
periódico en los psicoterapeutas? ¿Cuáles son las resistencias para el cambio
personal efectivo (el autoengaño personal)? ¿Por qué hay resistencia en buscar
la ayuda de otro colega? o ¿Acaso no son los colegas dignos tampoco de fiar,
competentes? ¿Por qué algunos psicoterapeutas parecen más “locos” que algunos de
sus pacientes muy desajustados o desadaptados?... Estas y muchas otras
preguntas busca responder, reflexionar y especular este texto, con la
expectativa de poder ayudar a los diversos psicoterapeutas a mejorar su calidad
de vida psicológica, mental, emocional, incluso espiritual.
En mi modesta
experiencia profesional he podido buscar adecuada ayuda para mis dificultades
personales (gracias a Dios muy “normales” y naturales, creo yo), pero también
he atendido a profesionales con diversas problemáticas psicológicas, de su
personalidad y carácter en general.
Si logramos
sensibilizar y dar unas buenas pistas y estrategias de superación personal al
respecto podemos considerarnos afortunados y parte del complejo mundo del cambio
personal e individual, de los cuales los terapeutas no son la excepción a la
regla. Quedan muchas cosas por fuera de esta introducción, pero se confía en
irlas abordando a medida que se entra en materia y se tratan diversos tópicos
de la vida profesional de los psicoterapeutas y psiquiatras.
Pero también
debo añadir que el texto no está organizado de forma sistemática (y lo lamento
en ese sentido); de todas formas usted puede leerlo como se sienta más cómodo,
porque la estructura lo permite y posibilita la reflexión de un tópico en
varias acepciones.
Se plantean
unas fichas-guías de trabajo al final de cada capítulo que sería muy deseable que
constituyeran su reflexión, autoterapia o autoanálisis; creo que en la medida
que sea sincero y tome determinaciones “algo” de su vida personal y quehacer
psicoterapéutico pudiera verse mejorado. Además se encuentran al final una
serie de apéndices que, en mi modesta formación, pueden ser epistemológicamente
muy ilustrativos y prácticos para el mejoramiento de nuestro quehacer como
psicoterapeutas, aparte de ser una compilación valiosa para capacitar a otros.
Por lo demás se citan casos ilustrativos de los temas tomados de la vida real y
de la experiencia personal del autor, solamente que se han cambiado los nombres
y algunos detalles por respeto, dignidad y seguridad para todas las partes
implicadas; estos casos son muy desfavorables para la profesión de
psicoterapeuta, pero así mismo existen casos positivos de psicólogos,
psiquiatras y terapeutas “muy centrados” que realizan una excelente labor
profesional y social cada día, pero, recordemos, el énfasis de este libro son
las dificultades de dichos terapeutas en su rol diario.
El
Autor
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