viernes, 11 de diciembre de 2015

9. ¡USTED NO VA A CAMBIAR EL MUNDO!



“Porque en virtud de la gracia que me ha sido dada, digo a cada uno de vosotros que no piense más alto de sí que lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno.”
San Pablo (Ro. 12. 3)


9. 1 El síndrome del todopoderoso

Cuando se inicia el estudio de las carreras de tipo humanístico, social, político, incluso aquellas orientadas a la salud mental (en este caso la psicología, la psiquiatría, la sociología en alguno de sus enfoques…) el estudiante suele creer que será quien cambie la historia del pensamiento y de la humanidad misma; esta grandiosidad o pretenciosidad se basa en el noble ideal, por un lado, de la propia y rigurosa capacidad-formación, y el deseo ideal-intencionado de hacer el bien a la humanidad, por el otro. Quizás esto no sea malo en sí (una ayuda extraordinaria a los demás) pero sí está lejos de la realidad, cuando percibimos un mundo muy complejo (hablando solamente de la variable del comportamiento humano), con individuos trastornados o perturbados con múltiples afecciones difíciles de tratar-curar, cuando los mismos psicoterapeutas no son “modelo de sanidad personal” o “equilibrio mental”… y requieren ayuda psicológica-psiquiátrica.

9. 2 El impacto real de nuestro trabajo

No todas las veces los psicoterapeutas son exitosos en su intervención con los pacientes; algunos profesionales logran una asesoría normal que da curso a una agenda programada, pero no hay cambios sustanciales en los individuos; otros pueden estar adscritos a una entidad de salud y reciben cotidianamente un buen número de pacientes y la intervención no deja de ser meramente protocolaria o conversacional; hay terapeutas que improvisan el curso de la interacción, con la intención de captar algo interesante de los pacientes que sirva como hilo conductor para la “consejería”; otros no saben qué hacer cuando enfrentan cierto espectro de pacientes en su consultorio. Cualquiera que sea el rol asumido,  el impacto del quehacer psicoterapéutico oscila entre las efectividad de la intervención  frente a ciertos rasgos “anómalos” del sujeto y el fracaso en encontrar la ayuda eficaz para dificultades arraigadas e incomprensibles en la vida mental del paciente.



9. 3 El cambio y avance constante de la ciencia

Así que, el mejor cambio inicial para cualquier psicoterapeuta es el “cambio de sí mismo”, que abrirá las fronteras-perspectivas de su mente, la humildad frente a su imperfección, la actitud sencilla ante la conducta humana compleja, y el avance incesante de los descubrimientos de la ciencia y los cambios sociales, pues cada vez, en el caso del comportamiento humano, las personas son “diferentes”, presentan extraordinarios rasgos de comportamiento diverso, desconciertan con sus actuaciones, y la adaptación de parte de los profesionales de la salud también constituye una demanda por atender. El mundo sigue y con él aparecen comportamientos inusitados, anómalos, perversos, legitimados, que los psicoterapeutas deben aprender a lidiar o asesorar según sea el caso (por ejemplo: hoy día se habla de comportamientos anómalos en la Internet, la Web, el ciberespacio, y que afectan la vida moral, familiar, financiera, intelectual, espiritual, social, política, cultural, de cualquier persona o institución humana…)


9. 4 Psicología y psiquiatría: disciplinas a medio hacer

Psicología y psiquiatría (ni ninguna otra ciencia-disciplina) son “definitivas” o están “concluidas”; están siempre “a medio hacer”; conceptos, constructos, etiquetaciones y especulaciones van quedándose obsoletos, y pasan a ser aspectos teóricos-reflexivos de tipo histórico, formativo y literario de las profesiones en sí (como ocurre con algunas líneas del psicoanálisis, el conductismo o algunas clasificaciones de la psiquiatría…). Los psicoterapeutas debieran tener esto en cuenta antes de adherirse obsesiva e intolerantemente a una corriente a la cual asumen como una verdad absoluta y consistente, que a la postre resultará inefectiva en el tratamiento de las fatalidades y falencias humanas.

“El analizarse a sí mismo de una manera ocasional es relativamente fácil y produce a veces resultados inmediatos. Esencialmente, se trata de lo que hace toda persona sincera cuando procura explicar las motivaciones auténticas que se disimulan tras su modo de sentir o de obrar… El principal dominio del autoanálisis ocasional no es el intrincado desenvolvimiento de la estructura de carácter neurótico, sino el síntoma grosero y manifiesto, la perturbación concreta y habitualmente aguda que impresiona la curiosidad o atrae una atención inmediata debido a su carácter doloroso.”
Karen Horney



9. 5 Seguir avanzando

Seguir creciendo, pues, como psicoterapeutas. Nadie en este campo lo sabe todo. No todo está escrito y dicho. Y aunque usted llegará a ser un nuevo Freud, un sucesor de Piaget, más hábil que Skinner, más humanista que Rogers o más científico que Eysenck, enfrentará la resistencia, la ineficacia, la falta de recursos, la comprobación y la verdad a medias, la crítica… y el resurgimiento de nuevos constructos y formas de hacer terapia individual  grupal. Todo esto es bueno porque significa que cada vez se puede aprender más y desaprender aquello obsoleto (incluso de simple “moda”). Psicoterapeutas que también avanzan al cambio y devenir de las épocas.



Un caso particular

Se ha comentado que el psiquiatra Leon Eisenberg, quien “creó” o puso en evidencia el  TDH, trastorno de hiperactividad con déficit en atención, tan conocido a nivel mundial, admitió al final de sus días que tal trastorno no existía o no era real, que “es una enfermedad ficticia”. Una de las notas de circulación en Internet lo referencia así:

“Los inicios del TDAH[1]
Los primeros intentos por tratar de explicar que había niños con TDAH sucedieron en 1935. Por aquellos tiempos, los médicos habían tratado por primera vez a niños de primaria con un carácter inquieto y con dificultad para concentrarse en lo que se les pedía, bajo el diagnóstico de síndrome post-encefálico. Fue un intento que no cuajó porque claro, la mayoría de esos niños nunca habían tenido encefalitis. En los años sesenta apareció el protagonista de nuestra historia, Leon Eisenberg, quien volvió a hablar de dicha enfermedad, pero esta vez con otro nombre, “reacción hipercinética de la infancia”. Bajo dicho diagnóstico pudo tratar a alumnos difíciles, probando diferentes psicofármacos con ellos. Empezó con dextroanfetamina y luego utilizó el metilfenidato, droga con la que consiguió su objetivo y que hoy en día prevalece como tratamiento de elección: los niños enérgicos se transformaban en niños dóciles. En el año 1968 se incluyó la “reacción hipercinética de la infancia” en el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM) y desde entonces forma parte de dicho manual, sólo que ahora recibe el conocido nombre de Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).
El logro de Eisenberg y sus colaboradores fue conseguir que la gente creyera que el TDAH tiene causas genéticas, que es una enfermedad con la que se nace. Él mismo dijo, junto con las palabras en que decía que era una enfermedad inventada, que la idea de que un niño tenga TDAH (entendemos que la idea de que un niño sea muy movido y sea un alumno problemático) desde el nacimiento estaba sobrevalorada. Sin embargo, al conseguir que esto calara en la población y en los padres, el sentimiento de culpa desaparece, los padres se sienten aliviados porque el niño ha nacido así y el tratamiento es menos cuestionable. En 1993 se vendieron en las farmacias alemanas 34 kg de metilfenidato. En el año 2011 se vendieron 1.760 kg.
El conocido psiquiatra, que llegó a hacerse cargo de la gestión del servicio de psiquiatría en el prestigioso Hospital General de Massachusetts en Boston, donde fue reconocido como uno de los más famosos profesionales de la neurología y de la psiquiatría del mundo, decidió confesar la verdad meses antes de morir afectado de un cáncer de próstata, añadiendo que lo que debería hacer un psiquiatra infantil es tratar de determinar las razones psicosociales que pueden producir problemas de conducta. Ver si hay problemas con los padres, si hay discusiones en la familia, si los padres están juntos o separados, si hay problemas con la escuela, si al niño le cuesta adaptarse, por qué le cuesta, etc. A todo esto añadió que, lógicamente, esto lleva un tiempo, un trabajo y acompañado de un suspiro concluyó: “prescribir una pastilla contra el TDAH es mucho más rápido” (a lo que yo añadiría “y mucho más ventajoso para el negocio de la psiquiatría”).

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