“Porque en virtud de la gracia que me ha sido dada,
digo a cada uno de vosotros que no piense más alto de sí que lo que debe
pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha
distribuido a cada uno.”
San Pablo
(Ro. 12. 3)
9. 1 El síndrome del todopoderoso
Cuando
se inicia el estudio de las carreras de tipo humanístico, social, político,
incluso aquellas orientadas a la salud mental (en este caso la psicología, la
psiquiatría, la sociología en alguno de sus enfoques…) el estudiante suele
creer que será quien cambie la historia del pensamiento y de la humanidad
misma; esta grandiosidad o pretenciosidad se basa en el noble ideal, por un
lado, de la propia y rigurosa capacidad-formación, y el deseo
ideal-intencionado de hacer el bien a la humanidad, por el otro. Quizás esto no
sea malo en sí (una ayuda extraordinaria a los demás) pero sí está lejos de la
realidad, cuando percibimos un mundo muy complejo (hablando solamente de la
variable del comportamiento humano), con individuos trastornados o perturbados
con múltiples afecciones difíciles de tratar-curar, cuando los mismos
psicoterapeutas no son “modelo de sanidad personal” o “equilibrio mental”… y
requieren ayuda psicológica-psiquiátrica.
9. 2 El impacto real de nuestro trabajo
No
todas las veces los psicoterapeutas son exitosos en su intervención con los
pacientes; algunos profesionales logran una asesoría normal que da curso a una
agenda programada, pero no hay cambios sustanciales en los individuos; otros
pueden estar adscritos a una entidad de salud y reciben cotidianamente un buen
número de pacientes y la intervención no deja de ser meramente protocolaria o
conversacional; hay terapeutas que improvisan el curso de la interacción, con
la intención de captar algo interesante de los pacientes que sirva como hilo
conductor para la “consejería”; otros no saben qué hacer cuando enfrentan
cierto espectro de pacientes en su consultorio. Cualquiera que sea el rol
asumido, el impacto del quehacer
psicoterapéutico oscila entre las efectividad de la intervención frente a ciertos rasgos “anómalos” del sujeto
y el fracaso en encontrar la ayuda eficaz para dificultades arraigadas e
incomprensibles en la vida mental del paciente.
9. 3 El cambio y avance constante de la
ciencia
Así que,
el mejor cambio inicial para cualquier psicoterapeuta es el “cambio de sí
mismo”, que abrirá las fronteras-perspectivas de su mente, la humildad frente a
su imperfección, la actitud sencilla ante la conducta humana compleja, y el
avance incesante de los descubrimientos de la ciencia y los cambios sociales,
pues cada vez, en el caso del comportamiento humano, las personas son
“diferentes”, presentan extraordinarios rasgos de comportamiento diverso,
desconciertan con sus actuaciones, y la adaptación de parte de los
profesionales de la salud también constituye una demanda por atender. El mundo
sigue y con él aparecen comportamientos inusitados, anómalos, perversos,
legitimados, que los psicoterapeutas deben aprender a lidiar o asesorar según
sea el caso (por ejemplo: hoy día se habla de comportamientos anómalos en la
Internet, la Web, el ciberespacio, y que afectan la vida moral, familiar,
financiera, intelectual, espiritual, social, política, cultural, de cualquier
persona o institución humana…)
9. 4 Psicología y psiquiatría: disciplinas
a medio hacer
Psicología
y psiquiatría (ni ninguna otra ciencia-disciplina) son “definitivas” o están
“concluidas”; están siempre “a medio hacer”; conceptos, constructos,
etiquetaciones y especulaciones van quedándose obsoletos, y pasan a ser
aspectos teóricos-reflexivos de tipo histórico, formativo y literario de las
profesiones en sí (como ocurre con algunas líneas del psicoanálisis, el
conductismo o algunas clasificaciones de la psiquiatría…). Los psicoterapeutas
debieran tener esto en cuenta antes de adherirse obsesiva e intolerantemente a
una corriente a la cual asumen como una verdad absoluta y consistente, que a la
postre resultará inefectiva en el tratamiento de las fatalidades y falencias
humanas.
“El analizarse a sí mismo de una manera ocasional es relativamente
fácil y produce a veces resultados inmediatos. Esencialmente, se trata de lo
que hace toda persona sincera cuando procura explicar las motivaciones
auténticas que se disimulan tras su modo de sentir o de obrar… El principal
dominio del autoanálisis ocasional no es el intrincado desenvolvimiento de la
estructura de carácter neurótico, sino el síntoma grosero y manifiesto, la
perturbación concreta y habitualmente aguda que impresiona la curiosidad o atrae
una atención inmediata debido a su carácter doloroso.”
Karen Horney
9. 5 Seguir avanzando
Seguir
creciendo, pues, como psicoterapeutas. Nadie en este campo lo sabe todo. No
todo está escrito y dicho. Y aunque usted llegará a ser un nuevo Freud, un sucesor
de Piaget, más hábil que Skinner, más humanista que Rogers o más científico que
Eysenck, enfrentará la resistencia, la ineficacia, la falta de recursos, la
comprobación y la verdad a medias, la crítica… y el resurgimiento de nuevos
constructos y formas de hacer terapia individual grupal. Todo esto es bueno porque significa
que cada vez se puede aprender más y desaprender aquello obsoleto (incluso de
simple “moda”). Psicoterapeutas que también avanzan al cambio y devenir de las
épocas.
Un caso particular
Se ha comentado que el psiquiatra Leon
Eisenberg, quien “creó” o puso en evidencia el
TDH, trastorno de hiperactividad con déficit en atención, tan conocido a
nivel mundial, admitió al final de sus días que tal trastorno no existía o no
era real, que “es una enfermedad ficticia”. Una de las notas de circulación en
Internet lo referencia así:
“Los inicios del TDAH[1]
Los primeros intentos por tratar de
explicar que había niños con TDAH sucedieron en 1935. Por aquellos tiempos, los
médicos habían tratado por primera vez a niños de primaria con un carácter
inquieto y con dificultad para concentrarse en lo que se les pedía, bajo el
diagnóstico de síndrome post-encefálico. Fue un intento que no cuajó porque
claro, la mayoría de esos niños nunca habían tenido encefalitis. En los años
sesenta apareció el protagonista de nuestra historia, Leon Eisenberg, quien
volvió a hablar de dicha enfermedad, pero esta vez con otro nombre, “reacción
hipercinética de la infancia”. Bajo dicho diagnóstico pudo tratar a alumnos
difíciles, probando diferentes psicofármacos con ellos. Empezó con
dextroanfetamina y luego utilizó el metilfenidato, droga con la que consiguió
su objetivo y que hoy en día prevalece como tratamiento de elección: los niños
enérgicos se transformaban en niños dóciles. En el año 1968 se incluyó la
“reacción hipercinética de la infancia” en el Manual Diagnóstico y Estadístico
(DSM) y desde entonces forma parte de dicho manual, sólo que ahora recibe el
conocido nombre de Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).
El logro de Eisenberg y sus colaboradores
fue conseguir que la gente creyera que el TDAH tiene causas genéticas, que es
una enfermedad con la que se nace. Él mismo dijo, junto con las palabras en que
decía que era una enfermedad inventada, que la idea de que un niño tenga TDAH
(entendemos que la idea de que un niño sea muy movido y sea un alumno
problemático) desde el nacimiento estaba sobrevalorada. Sin embargo, al
conseguir que esto calara en la población y en los padres, el sentimiento de
culpa desaparece, los padres se sienten aliviados porque el niño ha nacido así
y el tratamiento es menos cuestionable. En 1993 se vendieron en las farmacias
alemanas 34 kg de metilfenidato. En el año 2011 se vendieron 1.760 kg.
El conocido psiquiatra, que llegó a
hacerse cargo de la gestión del servicio de psiquiatría en el prestigioso
Hospital General de Massachusetts en Boston, donde fue reconocido como uno de
los más famosos profesionales de la neurología y de la psiquiatría del mundo,
decidió confesar la verdad meses antes de morir afectado de un cáncer de
próstata, añadiendo que lo que debería hacer un psiquiatra infantil es tratar
de determinar las razones psicosociales que pueden producir problemas de
conducta. Ver si hay problemas con los padres, si hay discusiones en la
familia, si los padres están juntos o separados, si hay problemas con la
escuela, si al niño le cuesta adaptarse, por qué le cuesta, etc. A todo esto
añadió que, lógicamente, esto lleva un tiempo, un trabajo y acompañado de un suspiro
concluyó: “prescribir una pastilla contra el TDAH es mucho más rápido” (a lo
que yo añadiría “y mucho más ventajoso para el negocio de la psiquiatría”).


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